Las historias familiares nos definen
Las historias familiares nos definen. No solo las experiencias que vivimos en carne propia, sino también aquellas que nos cuentan sobre quienes vinieron antes: tíos, abuelos, padres que nunca conocimos. Relatos que se nos insertan como organismos vivos —¡mitos!— que habitan nuestra psique y mutan con ella.
En mi familia hay muchas, pero hoy quiero contarles una que capturó mi imaginación de niño: el día en que mi tía bisabuela Sarita Cánovas conoció a Walt Disney.
Sí. Al mismísimo padre de Mickey Mouse. Y ocurrió en el Perú.
El encuentro
Corría 1941. El mundo sangraba por la Segunda Guerra Mundial y Estados Unidos enviaba a sus empresarios y artistas más reconocidos a un Good Neighbor Tour por Sudamérica. Disney viajó entre agosto y octubre, justo antes de Pearl Harbor, visitando Brasil, Argentina, Uruguay, Chile, Perú y Bolivia. De ese recorrido nació Saludos Amigos (1942), que incluye "El Lago Titicaca", un homenaje al universo andino que dejó profundamente impresionado a Disney
Antes de ese cortometraje, Disney cae en Lima y visita la Escuela Nacional de Bellas Artes, en ese entonces cuna del indigenismo con José Sabogal y su círculo: Camilo Blas, Teresa Carvallo, Enrique Camino Brent y Julia Codesido.
Mi tía Sarita —a quien conocí entrada en sus ochenta, murió en 2001— tenía muy buena mano para el dibujo y la pintura. Tomaba clases libres en el taller de Codesido. No era chibola: tenía 37 años, mientras que muchas de sus compañeras rozaban los veinte.
Y entonces ocurre la escena.
Codesido entra al taller acompañada de un gringo bien vestido, alto para estándares limeños (Disney medía 1.78 m), con terno, sombrero, bigote cual émulo de Clark Gable. Un gringo simpático, entrador, curioso.
El visitante y Codesido se acercan a la risueña Sarita para ver su obra: un retrato expresionista de la modelo de turno. El gringo se detiene, observa... y se impresiona.
—¡Qué talento! —habrá dicho en un castellano masticado.
—Gracias —sonrió Sarita sonrojada.
Y aquí viene el nudo de la historia: ahí mismo, Walt Disney le dice algo como "Deberías trabajar para mí" o "Vente a trabajar conmigo a Estados Unidos".
¿Hablaba en serio el gringo?
Ahora me inclino a pensar que fue una oferta de buena onda. Ese mismo año Disney enfrentaba una durísima huelga de animadores que paralizó el estudio. El gobierno lo sacó del país en parte para enfriar tensiones. Quizá buscaba reclutar gente más agradecida, y los sudacas migrantes podían resultar atractivos, pero las condiciones migratorias estaban muy complicadas por la guerra, incluso para Disney.
Pero en la historia de mi tía Sarita, narrada por mi abuela cuando yo era un “pulpín“ de diez años, la oferta era clara: irse a trabajar a Estados Unidos. PARA DISNEY. Y eso fue lo que caló profundo en mi frágil psique.
¿Y la respuesta?
—Muy amable, pero no gracias... es que me tengo que quedar a cuidar a mi mamá.
NO GRACIAS.
La pregunta que me persiguió
¿Se imaginan decirle NO a Walt Disney? ¿Al legendario Walt Disney? ¿A Walt Disney papá de Blancanieves?
¡¿Cómo no se fue corriendo a Burbank?! pensaba el ingenuo Rafito pulpín. ¿Cómo no encontró a alguien que hiciera la posta con su mamá frente a semejante oportunidad? ¿PORQUÉ?
Mi abuela contaba esta historia encaletando una moraleja: primero está la familia, Rafito. El deber, la lealtad, el sacrificio por los tuyos, antes que los sueños personales.
Pero lo que yo escuchaba —y no dejaba de imaginar— era otra cosa: ¿Cómo habría sido la vida de la tía Sarita si decía que sí?
Pero mi tía escogió quedarse con la duda. No dar el paso. Al menos eso era lo que pasaba en la imaginación de un puberto soñador como yo.
Mi propia respuesta
La historia de Sarita me persiguió durante años. Estudié derecho y me arrastré toda la carrera garabateando dibujitos en los cuadernos. Terminé y dije ¡nunca más!, solo para seguir haciendo doodles en post-its y PowerPoints de oficinas corporativas. Mientras, en mi cabeza: ¿qué habría pasado, Sarita, si decías sí?
Terminé mi maestría en Boston y llegué a Lima. Me metí al periodismo digital de economía y negocios (¿qué sé yo de economía?), hasta que finalmente tuve la suerte de que me botaran de mi chamba. No tuve más alternativa que darle un chance y resolver la pregunta: ¿Qué pasa ahora, Sarita, si le digo que sí?
Y me mandé.
Por suerte, no tenía una madre a quien cuidar. No tenía deudas. Había ahorrado algo de dinero para hacer la apuesta. Y no iba a hacerlo solo: conocí al socio ideal, alguien que —curiosamente— tenía su propia conexión con esa foto de Sarita y Disney. Pero esa historia es materia de una segunda parte :)
A mis cincuenta recién cumplidos —celebrados cabalísticamente en Disney World con mi familia— le agradezco a Sarita aquella historia que convertí en mía. Ella tomó su decisión en ese momento, con amor y sabiduría profunda, y no debe haberse torturado nunca como me torturaba yo. Pero lo que abrió en mi imaginación me transformó.
Me sigue transformando, como los buenos mitos.

La foto
Y es que al frente mío, tengo una foto gigante de Sarita con Disney y Julia Codesido —Codesido sale con los ojos cerrados— colgada en mi estudio. Esa foto mitológica carga una especie de profecía soñadora, donde el pasado se mezcla con el presente y el futuro.
Me imagino, en un tiempo no tan lejano, negociando con Disney la producción de El Imaquinario de Yute y Tocuyo como película o serie para Disney+. Estamos mi esposa, mis hijos y mi abogado Fernando en una oficina en Burbank, decorada con pósters de El Rey León, Blancanieves, Cenicienta... y hasta Saludos Amigos.
El ejecutivo encargado —Un tal Bob— me alcanza un lapicero con la imagen de Mickey Mouse para firmar el contrato. Tomo el lapicero, miro a Mickey y firmo todas las páginas marcadas con una X.
Luego abro un fólder, saco una copia tamaño carta de la foto de Sarita con Disney en Bellas Artes, respiro hondo y, con una sonrisa gigante, digo:
—Queridos socios. Ahora les voy a contar la historia de cómo mi tía bisabuela, Sarita Cánovas, conoció a Walt Disney. La historia de este deal empezó a escribirse hace casi cien años.