
Dentro del Imaquinario de Yute y Tocuyo existe un personaje que siempre me ha resultado incómodo. Se llama el Conejo Atómico. Si Yute representa al pensador y Tocuyo al hacedor, el Conejo Atómico encarna la fuerza opuesta y, paradójicamente, también complementaria. Mientras Yute imagina y Tocuyo construye, él vive fascinado por la destrucción. Ama los explosivos, las granadas, la dinamita, el ANFO, las bombas atómicas. Si inventara una máquina extraordinaria y hermosa, no sería para cambiar el mundo, sino para contemplar el instante preciso en que estalla en mil pedazos.
Durante mucho tiempo pensé que era simplemente el villano de esta historia. Sin embargo, con los años he llegado a otra conclusión. El Conejo Atómico no es el enemigo de Yute. Es su sombra. Todos llevamos dentro una parte que desea construir y otra que sospecha de todo lo construido. Una parte que busca estabilidad y otra que, de vez en cuando, siente el impulso de romperlo todo para empezar de nuevo. El Conejo Atómico representa esa dimensión de la conciencia que nunca termina de confiar en el mundo tal como se presenta.
Por eso siempre lo he imaginado como un trickster, cercano al Guasón de Batman, especialmente al de la trilogía de Christopher Nolan. Lo interesante del Guasón no es que quiera gobernar Gotham ni sustituir un sistema por otro. Lo que verdaderamente le interesa es demostrar que el orden es una ficción. Le basta con empujar las contradicciones hasta el límite para que las máscaras caigan y aparezca aquello que estaba oculto. No destruye únicamente por placer; destruye porque está convencido de que solo cuando las estructuras colapsan es posible contemplar la verdad.
El Conejo Atómico comparte esa intuición. Desconfía del orden, de las instituciones, de las normas, se burla de ellas pensándolas absurdas. Todo le parece una escenografía construida para ocultar algo más profundo. El Imaquinario de Yute y Tocuyo le parece un inmenso paisaje de chatarra y desperdicios, un mundo cuyas estructuras ya no contienen vida y que, precisamente por eso, deben ser voladas en mil pedazos. Nunca logra explicar con claridad qué espera encontrar debajo. Solo está convencido de que existe una realidad más auténtica que la que tenemos frente a los ojos.
Esa convicción adopta en su mente una forma muy particular. Escucha una voz a la que llama el Algoritmo. Nunca sabemos si el Algoritmo es una inteligencia artificial, una suerte de Dios o simplemente una idea obsesiva que posee a su alocada conciencia. Lo único que sabemos es que le repite incesantemente una frase: “El algoritmo nos hará libres... el algoritmos nos hará libres... el algoritmo es libertad”. La frase tiene una estructura religiosa. Toda religión necesita una promesa de salvación y casi toda promesa de salvación necesita un profeta. El Algoritmo encontró el suyo en el Conejo Atómico.
Esta lógica no pertenece únicamente a mi personaje. Aparece una y otra vez a lo largo de la historia. Está en el mito de la caverna de Platón, donde el mundo visible no es más que una sombra. Está en The Matrix, donde la realidad cotidiana resulta ser una simulación. Está también en muchos movimientos políticos, religiosos y tecnológicos que parten de una sospecha semejante: el mundo que habitamos es falso y existe una verdad más pura esperando detrás del decorado. Solo hace falta derribar las estructuras para acceder a ella.
Hasta ahí, el Conejo Atómico parece tener un punto. Después de todo, las estructuras envejecen, las instituciones se vuelven burocráticas, las tradiciones dejan de responder a la realidad. Incluso nuestras propias ideas necesitan morir para que otras puedan ocupar su lugar. El problema comienza cuando confundimos esa intuición con una certeza absoluta y creemos que destruir es suficiente, que romperlo todo basta.
Ahí aparece la gran tragedia del Conejo Atómico. Él cree que únicamente destruye. Piensa que su misión consiste en revelar, no en construir. Sin embargo, toda destrucción lleva implícita una idea de lo que merece sobrevivir. Toda revolución contiene, aunque todavía no lo sepa, el plano del orden que vendrá después. Toda voz que promete una verdad más allá del incendio ya está definiendo qué será considerado verdadero, qué será considerado falso y cuáles serán las nuevas reglas del juego.
Por eso desconfío de cualquier frase que prometa una liberación definitiva. En el mismo instante en que alguien afirma haber encontrado la verdad última, comienza inevitablemente a organizar el mundo alrededor de ella. Empiezan a aparecer nuevas fronteras, nuevos dogmas y nuevas ortodoxias. La jaula anterior desaparece, pero lentamente empieza a levantarse otra. Esa es, quizá, la mayor ironía del Conejo Atómico: cuando cree escapar de todas las estructuras, siguiendo a su amado Algoritmo, va construyendo una nueva sin darse cuenta.
Todos la experimentamos esa tentación alguna vez. Todos hemos sentido el deseo de abandonar una vida, un trabajo, una relación o incluso una versión de nosotros mismos con la esperanza de que, al otro lado de la destrucción, nos espera una libertad absoluta. A veces ese impulso es necesario; otras veces es apenas una ilusión. La verdadera dificultad consiste en distinguir cuándo estamos desmontando una prisión y cuándo simplemente estamos cambiando de jaula.
Por eso hoy ya no veo al Conejo Atómico como un villano. Tampoco como un héroe. Lo veo como una fuerza necesaria del proceso creativo. Sin él, las ideas se fosilizan y las instituciones se convierten en ídolos. Pero sin Yute y sin Tocuyo, la destrucción termina transformándose en nihilismo. Crear exige imaginar. Exige construir. Y también exige destruir aquello que ha dejado de decir la verdad.
Quizá por eso me gusta pensar que Yute, Tocuyo y el Conejo Atómico no son tres personajes distintos, sino tres dimensiones de una misma conciencia. Yute imagina y también cuestiona. Tocuyo construye. El Conejo Atómico destruye. Ninguno puede reemplazar a los otros, porque la creatividad auténtica no consiste en permanecer para siempre en una de esas tres fuerzas, sino en recorrerlas una y otra vez.
Tal vez ese sea el verdadero algoritmo de la libertad: no la destrucción del mundo, sino el coraje de reconstruirlo continuamente sin olvidar que toda obra, incluso la nuestra, deberá algún día someterse de nuevo a la pregunta más incómoda de todas: ¿sigue siendo verdadera?