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Siempre me ha fascinado el tema extraterrestre.
Culpo de ello a Steven Spielberg y George Lucas, los héroes indiscutidos de mi infancia ochentera, una época en la que se formaron muchas de mis sensibilidades y obsesiones. Sus películas como ET, Star Wars, o Encuentros Cercanos me enseñaron que el universo podía ser mucho más extraño, misterioso y bizarro de lo que parecía a simple vista.
Quizá eso es precisamente lo que me sigue atrayendo de la idea alien: plantea la realidad como una pregunta. ¿Qué pasa si el mundo es más extraño de lo que el materialismo y la ciencia aceptan actualmente?
¿Qué pasa si todavía existen fenómenos que escapan a la certeza científica? ¿Qué pasa si siempre han sido los más?
¿Y qué pasa si esa cosa tan extraña que hacemos los seres humanos llamada arte es, en realidad, una poderosa tecnología extraterrestre?
No me refiero necesariamente a extraterrestres descendiendo de una nave espacial para enseñarnos a pintar bisontes en las cavernas. Hablo de algo más profundo: la posibilidad de que el arte haya sido el detonador que transformó a un primate inteligente en una civilización.
Esta idea aparece de manera magistral en la película 2001: Odisea del Espacio, creada por Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke.
En ella, un misterioso monolito negro, cual smartphone del futuro, aparece frente a un grupo de primates en los albores de nuestra prehistoria. Tras ese encuentro, uno de ellos descubre el uso de las herramientas. El monolito funciona como una metáfora de algo que despierta una nueva forma de pensar. Actúa como el fuego que Prometeo entrega a los humanos, y que causa una actualización de conciencia. Un cambio de software.
El hardware estaba allí desde hace unos 300.000 años. Sin embargo, los primeros indicios claros de comportamiento simbólico aparecen mucho después. Los grabados abstractos encontrados en Sudáfrica tienen entre 75.000 y 100.000 años de antigüedad. Las grandes pinturas rupestres de Europa aparecen hace unos 40.000 años, pero en Indonesia, en la isla de Sulawesi, hay pinturas de al menos 51.200 años que no son simples figuras sueltas, sino escenas: humanos interactuando con un animal. Es decir, no solo el dibujo más antiguo que conocemos, sino la historia más antigua.
Aparecieron los símbolos. Aparecieron las historias. Aparecieron los rituales.
Apareció el arte.
Y con ello comenzó una aceleración extraordinaria de nuestra capacidad para transformar el mundo. La imaginación había despegado como un cohete y nació la tecnología.
El estudioso de los medios Marshall McLuhan afirmaba que toda tecnología es una extensión de alguna capacidad humana.
El telescopio amplifica la vista. El automóvil amplifica el movimiento. Internet amplifica la comunicación.
El arte amplifica la imaginación. Y la imaginación es probablemente el superpoder más importante de nuestra especie. Es la herramienta que nos permite visitar el futuro antes de que exista. Como Prometeo.
Antes de construir una ciudad, alguien tuvo que imaginarla. Antes de fundar un país, alguien tuvo que pensarlo. Antes de crear una religión, una empresa o una constitución política, alguien tuvo que imaginar que aquello podía existir.
Mucha realidad humana fue primero una ficción.
Y el arte es precisamente la máquina que produce ficciones. Es una fábrica de futuros posibles.
Por eso sospecho que solemos subestimar su importancia. Tendemos a pensar que el arte es decoración, entretenimiento o una actividad secundaria. Sin embargo, quizás sea exactamente lo contrario. Quizá sea la tecnología más poderosa que hemos desarrollado, pues las demás tecnologías transforman el mundo físico, pero el arte transforma el espacio de lo posible.
De hecho, muchas de las grandes innovaciones humanas fueron imaginadas primero por artistas, escritores o narradores. Los viajes espaciales por ejemplo, existieron primero en las novelas de ciencia ficción o en las películas de los Lumiere. Antes de los robots existían los mitos sobre seres artificiales como el gólem de los hebreos.
Antes de la inteligencia artificial existían los replicantes en Blade Runner o Skynet en Terminator.
Antes de las naciones existieron los relatos, los himnos y los símbolos —el arte, en suma— que permitieron que millones de extraños se sintieran parte de una misma comunidad.
Si el científico convierte posibilidades en realidades, el artista trabaja un paso antes: convierte imposibilidades en posibilidades.
Y es aquí donde vuelvo a la imagen del monolito de Kubrick.
Quizá el verdadero monolito no fue aquella misteriosa piedra que apareció de repente.
Quizá fue el nacimiento de la imaginación simbólica. El upgrade, al hardware.
El instante en que nuestros antepasados dejaron de reaccionar únicamente al presente y comenzaron a vivir también dentro de mundos imaginarios.
Porque mientras animales habitan el mundo real, los seres humanos habitamos simultáneamente el mundo real y el mundo imaginado.
Vivimos dentro de historias: construimos nuestras vidas alrededor de relatos, nos sacrificamos por ideales, luchamos por banderas y levantamos empresas, familias, movimientos y naciones a partir de cosas que solo existen porque creemos en ellas.
Todo eso comenzó con la imaginación.
Y con el arte.
Y por eso me gusta pensar que, si alguna vez existió una tecnología extraterrestre capaz de modificar el destino de nuestra especie, probablemente no habría llegado en forma de nave espacial. Quizá ya ha estado aquí con nosotros, extraña y bizarra, hace 50,000 años en forma de historia.
Porque las historias cambian lo que creemos posible.
Y aquello que creemos posible termina, tarde o temprano, convirtiéndose en realidad.
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