Yute, el cabezón que no puede volar.

Yute, el cabezón que no puede volar.

Cuando pienso en Yute, el cabezón robótico de mi libro El Imaquinario de Yute y Tocuyo, inevitablemente regreso a mis épocas de universidad e incluso del colegio. Era una etapa en la que sobre-intelectualizaba todo. Pensaba demasiado. Fui producto de un sistema escolar y universitario que sobrevalora el intelecto por encima de la manualidad. Estudiaba letras, me iba a derecho, y todo era abstracto. Puras ideas y conceptos. Operaba más desde la mente que desde la emoción.

Yute nace de ahí. Es la fantasía del genio matemático y físico que todo lo puede diseñar y que todo lo quiere comprender. Yo no era buena en matemáticas, y de esa carencia nace un yo ideal fantástico. Es divertido crear un personaje que puede hacer lo que tú no puedes en la vida real. Pero el personaje también está preñado de tu esencia. Si no, no puedes conectar con él. Y Yute está lleno de todas mis dudas.

 

En el comienzo de El Imaquinario, Yute quiere volar. Ha construido un increíble traje alado a lo Da Vinci para demostrar que es más eficiente recorrer el mundo por aire que por tierra. Quiere arriesgarse. Su curiosidad por la prueba real de sus ideas y diseños, así como por conocer su mundo, lo empuja al borde del abismo. Se para en una altísima torre de hierro —como la del Gálata en Estambul— y, cual el mítico Hezârfen —el aviador otomano que según la leyenda cruzó el Bósforo volando con alas propias— aspira a lanzarse. Empieza la cuenta regresiva… cinco… cuatro… tres… dos… uno. Pero no se lanza.

Su propia inteligencia, la que lo llevó hasta la cima, lo detiene. Su gigantesca mente computacional, que puede imaginar máquinas fantásticas hasta el más mínimo engranaje, también puede prever todos los escenarios posibles de fracaso. Incluso los de catástrofe. Y esos son los que tiran todo el esfuerzo al tacho.

"Las posibilidades de daño crítico son iguales al cero punto cero uno por ciento", piensa. "No es perfecto", concluye.

Entonces baja de la torre y regresa al tablero de diseño, al taller. Evalúa, observa, analiza, ajusta, hasta que todo —en su cabeza— sea ideal. Y vuelve a subir… y vuelve a bajar. Y así se pasa el tiempo.

Es el thinker exagerado más que el doer. Su morfología lo refleja: tiene una cabeza enorme, pero manos y pies pequeños. Las manos son el símbolo del que hace, y por eso él no hace mucho, o por lo menos no puede hacer en proporción al tamaño de sus ideas.

Yute está muy cerca de mi porque encarna esa incertidumbre que todos sentimos cuando algo importante nos llama. Cuando algo creativo quiere salir. Cuando esa voz interior —ese "genio interno" del que habla el mitólogo americano Michael Meade— quiere explorar el mundo plástico, creativo, vivo.

Pero la mente nos dice:

"Espera." "Planea un poco más." "Calcula mejor."

Y así pasan los años.

Los personajes son estados de la mente. Son mecanismos vestidos con una imagen, cargados de emoción, que nos impulsan a actuar o a quedarnos inmóviles. Por esos los amamos o los odiamos. Son espejos. Yute refleja mi sobreplanificación, mi sobreanálisis, mi fabricación constante de escenarios hipotéticos. Cuando las cosas no le salen, pierde el control y se le desborda la cabeza: el ¿qué?, el ¿cómo?, el ¿por qué?, el ¿cuándo? y el ¿cuánto? lo sacan del presente. Lo arrancan del ahora. ¿Cuántas veces nos pasa esto?

El arco mítico y dramático de Yute será transitar de la imaginación a la acción. Del mundo de sus ideas al mundo del Imaquinario, pero eso demandará un proceso, un aprendizaje y un costo no menor. Porque pasar a la acción implica revertir sus hábitos naturales, y hacerlo cuesta mucho. La pregunta es si logrará, al final, dar el salto.

En contraste está Tocuyo… pero de él les hablaré en otro newsletter. ;)

Y tú, ¿cuántas veces has subido a la torre y has vuelto a bajar? ¿Hay algo que llevas tiempo planeando y aún no has lanzado? ¿Qué es lo que te detiene —o qué fue lo que finalmente te empujó a saltar?  

 

 

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